en el anuario de oro de mi generación.
Apenas ví que un ojo me guiñaba la vida,
le pedí que a su antojo dispusiera de mí.
Ella me dió las llaves de la ciudad prohibida.
Yo todo lo que tengo, que es igual a nada, lo agarré y se lo dí.
Y así crecí volando y volé tan deprisa
que hasta mi propia sombra de vista me perdió.
Para borrar mis huellas destrocé mi camisa,
confundí con estrellas los montones de polvo
y respiré bien fuerte hasta que la garganta se durmió.
Hice trampas al pocker.
Defraudé a mis amigos.
Por decir lo que pienso, sin pensar lo que digo,
más de un beso ellas me dieron y muchas más un bofetón.
Lo que sé del olvido lo aprendí de esa chica.
Lo que sé del pecado lo tuve que inhalar.
Como un ladrón, anduve debajo de las faldas de algunas,
de cuyo nombre ahora no me quiero acordar.
Así que de momento, nada de adiós muchachos.
Me duelen los entierros de mi generación.
Cada noche me invento y todavía me emborracho.
tanto que hasta me caigo... y me vienen a levantar.
Tan joven y tan viejo, like a Rolling Stone.













