(Del griego όλος, totalidad, completo y χρόνος, tiempo.)
Advertencia: Esta teoría carece de validez científica o filosófica, pero me vale madres. Ni siquiera merece el nombre de teoría. Sin embargo, acomoda la realidad en una simetría que por momentos me gustaría que fuera cierta.
El tiempo es la cuarta dimensión del espacio.
Vemos el tiempo siempre en un mismo sentido: primero las causas, luego los efectos.
Lo percibimos conforme transcurre pero, si nuestra percepción fuera en cinco y no en cuatro dimensiones, podríamos ver el tiempo en su totalidad.
Si observáramos el transcurso de nuestra vida como totalidad, veríamos un mapa con accidentes geográficos: cruces con el transcurrir de otras personas; separaciones; y al final del mapa el corte intempestivo con la ruta de un camión que no frenó a tiempo; o con la trayectoria de una bala; o contra el piso inmóvil luego de caer diez niveles; o la paulatina devastación de una enfermedad.
Percibimos los efectos de un evento porque podemos rastrearlo hasta sus causas.
Pero visto como totalidad, no hay manera de distinguir una causa de un efecto: todas forman parte del mismo cuadro.
Incluso, visto en sentido inverso, los efectos serían origen de las causas; y las causas consecuencia de los efectos.
¿Qué tal que un día cualquiera uno percibe el efecto de una causa que aún no ha sucedido?
Crecí en un metasuburbio de la ciudad de México, Cuautitlán Izcalli, ombligo del mundo, lugar de mujeres bellas (más en Bosques del Lago) y próxima capital del mundo.
La Ciudad de México era algo tan lejano que prácticamente no existía. Si la visitaba no entendía un carajo de rumbos ni colonias: veía un homogéneo caos de calles que nacían de ninguna parte y llevaban a ningún pinche lado.
Una tarde de no hace mucho tiempo, vagaba yo por la colonia del Valle sin saber por dónde y llegué a un eje vial. Camiones. Un chingo de ruido, gente y caos. Ví las casas y pensé: “de la chingada vivir en un eje vial”. Recordé que una amiga de la universidad me había dicho que vivía en uno, al sur de la ciudad, casa azul. Ella siempre hablaba de sus tres perros: dos malteses y un alaska.
En la primera casa que se fijaron mis ojos y que era azul y que estaba en seguida, sobre el eje, había dos malteses y un alaska, me cagué (no literalmente of course).
Estuve a punto de tocar el timbre, pero imaginé la escena: Un vato: ¿y tu quién eres güey?, no sé a quién buscas. O peor: saldría mi amiga y ella nunca entendería bien a bien cómo fue que dí con su casa y qué demonios estaba yo buscando. Yo no hubiera podido explicarle y ella hubiera entrado en paranoías. No toqué, pero se me quedó en la mente esa casa azul, de pintura raída, el patio sucio de perros.
Terminó el verano, dejé la universidad. Nunca le pregunté su dirección. Finalmente me dijo que ella cantaba. Le dije que yo tocaba la guitarra. Había que hacer una audición, nunca se hizo. Ella propuso su casa. Nunca fuí. Perdí todo contacto con ella. Ahora por cuestiones del trabajo me he internado más en el laberinto de la ciudad más grande y seguramente más bella del mundo, sí... con sus problemas, matices, gente, marchas y todo, yo digo que es bella, me encanta.
Hoy dí vuelta en un eje vial. Me detuve frente a la misma casa azul de pintura raída y un patio ensuciado por dos perros malteses y un alaska, me cagué de nuevo (no literalmente of course).
Empecé a rezar para mis adentros la oración universal de los perplejos: “Nomamesnomamesnomamesnomames qué cagado” número 4985, pero yo iba al 4987.
Justo al lado vive un cliente. No me animé a tocar en la casa azul. Las casualidades que son signo de algo más poderoso que nosotros y en la existencia contundente y absurda de algo que podría llamarse azar.
Pero la explicación definitiva de esa coincidencia es mucho más esotérica que eso, y da título a este post.




