jueves, 5 de junio de 2008

de arrepentimientos y atardeceres vive el hombre

Ayer vi el atardecer más cabrón de mis últimos dos años de vida, de esos en los que te dan ganas de pensar en alguien, de esos en los que tantos nombres arruinan el momento, de esos en los que cierro poquito los ojos para no llorarle a tanto color, de esos a los que no les tomas fotografía porque vas en el segundo piso del periférico y podrías morir en el intento, de esos en los que escuchas The passenger y todo se olvida.

"He aquí el misterio: antes de empezar a olvidarse, tiene que acordarse, que empezar a acordarse."

A veces hace falta tener algo en que creer para no dejar que esos nombres se queden en la mente, yo conozco un amor eterno que no tuvo final feliz: mi abuela a sus ochenta y dos años puede presumirle a quien así lo quiera que se casó con el amor de su vida y que lo abandonó porque no soportaba la idea de saber que estaba con alguien más.

Así es: un día mi abuela, harta de tanta promesa barata, incumplida; dejó a mí abuelo, quién a pesar de ser un gran dador de consejos para mí, nunca negó sus pecados: la debilidad por las mujeres y el alcohol.

Ayer mientras cenábamos le pregunté a mi abuela si volvería a casarse con él y a vivir esos años de incertidumbre a su lado, desde que conocí a mi abuelo le hago [ a mi abuela] la misma pregunta, veinticuatro años lleva sin arrepentirse de su respuesta y es esa misma respuesta la que me hace creer en algo, no sé muy bien qué: las únicas cosas que valen la pena en la vida son de las que tienes que arrepentirte, aunque a veces el arrepentimiento te dure más.