
O debiera decir, la belleza consterna. Llámenme frívolo. Yo me diría vulnerable. Soy consciente de la relatividad de lo bello. Sé perfectamente que está condicionado por una serie de paradigmas culturales. Pero pierdo el hilo del pensamiento cuando estoy en la presencia de ciertas armonías geométricas tuyas. Mi cerebro se baña en químicos y no puedo dejar de admirar el milagro. Senos firmes, cintura breve, cuello hermoso, esa sonrisa malvada que tienes, ojos de miel. En cuanto entras en mi campo visual, mis pupilas se dilatan, transpiro, intento fingir normalidad.
Mientras la escucho hablar me pregunto: ¿Si no fuera hermosa la escucharía igualmente fascinado? ¿Esto es en verdad una conversación interesante? No puedo responderlo. No lo sé. Pero sospecho que esos mismos argumentos me parecerían rebatibles si los dijera un hombre, o bien, intolerables si ella estuviera pasada de peso. Pero aquí suenan a verdad incuestionable, si disiento es que he vivido en el error. Por supuesto, la hermosa en cuestión se aburre. Ha de ser irreal vivir en un mundo donde nada de lo que uno dice es equivocado. Así que me armo de valor y le discuto. La bella se asombra. Me mira. Me responde. Le vuelvo a rebatir. Su atención es ahora toda mía. Inicia una delicada lucha de poder. Pienso que lo importante no es lo que se dice sino lo que se implica. Pero en un momento me extravío. La conversación es intelectual. Fluye de una mente a otra y no de un sexo al otro.
La bella sigue inalcanzable. Debajo de esa capa de tersa piel es músculos y cráneo. Va a envejecer. Es un organismo viviente. Defeca. Orina. Suda. Se asusta como animalillo. Se excita. Duerme.
Pero diablos, es hermosa. Y yo soy vulnerable.




