martes, 12 de agosto de 2008

Mucha Mota

La marihuana es la droga ilegal más usada del mundo. Ha perdido en la práctica todo su poder subversivo: casi todas las abuelitas baby-boomers la han probado alguna vez, cualquier niño decente es un pacheco... y su mamá también. Se trata de una mezcla entre verde y café de flores, hojas, semillas y tallos –aunque en general procuramos consumir sólo el mayor número de hojas y el menor número de todo lo demás posible– de la planta Cannabis sativa, que se fuma casi siempre en un cigarro (gallo, toque, guato), en pipa o en bong. A veces se vacían cigarros comerciales y se rellenan con mota, frecuentemente en mezcla con otras drogas, sobre todo cocaína (bazukos), o se preparan tés, galletas, brownies ó pastelillos. En una forma más resinosa y concentrada se llama hashish o hash y en forma líquida, negra, aceite de hash. Su ingrediente activo es el THC ó delta-9-tetrahidrocannabinol, que se une a ciertas neuronas gracias a un receptor de proteínas contenido en esas células. Esto desata el high. El gran Baudelaire ponderó a la mota mil veces, en notas prendidísimas, en descripciones cuidadosas y, sobre todo, en un volumen revolucionario: Les Paradis artificiels.

Efectos inmediatos
En cuanto el THC pasa de los pulmones al torrente sanguíneo –es decir, muy rápido– el usuario percibe la realidad ligeramente alterada. Los ojos se irritan, las pupilas se dilatan, el ritmo cardiaco se acelera, se seca la boca. El tiempo parece detenerse, la música suena nitidísima, prístinamente clara, literalmente alucinante –tanto que, en efecto, las notas se ven, adoptan formas inexplicables, en un lapso de la llamada sinestesia. Hay receptores cannabinoides en partes del cerebro dedicadas al placer, al pensamiento, a la concentración, a la coordinación de movimientos. No te sorprendas si cualquiera de esas áreas resulta afectada: todo te mata de la risa, eres capaz de concentrarte en un punto de la pared durante muchos minutos, te vuelves torpe. En la conversación puedes decir algo infinitamente revelador, y olvidarlo minutos después. O darte cuenta de que era un montón de patrañas. El tacto se multiplica muchos miles de veces –masturbarse en mota, sobre todo si la mano es ajena, puede ser apabullante–, el gusto –todo sabe delicioso– y el hambre también. Es probable igualmente que haya alucinaciones leves o engaños de la memoria. Es una droga introspectiva, a la que hay que dejar hacer su trabajo.

Efectos de largo plazo
La mota es relativamente inofensiva, sobre todo comparada con el uso consuetudinario del alcohol. Sin embargo, hay que decir que a Bob Marley, uno de los grandes fumadores de la historia, al final le costaba trabajo hablar ya no digamos con claridad sino en algo que, de alguna forma, se asemejara al idioma inglés. También, que fue al menos parcialmente culpable de convertir a Lee Perry, otro jefe jamaiquino, en un verdadero borderliner, capaz de quemar su propio estudio porque alguien le robó una pelota. Con el paso del tiempo la mota puede causar una dependencia, paranoia, inconstancia del ánimo, depresión, coordinación venida a menos, pérdida de peso y, como todo lo que es fumado, cáncer de boca y de pulmón.

¿Vas a probarla?
Poco que decir al respecto salvo que te prepares con una buena dotación de agua o jugos, pues la sed puede volverse exasperante; que te asegures de tener algo que comer o cuando menos de tener lana para salir por unos tacos (aunque una cena en Au Pied de Cochon probó, una vez, ser una experiencia colindante con lo místico): hay un momento en que serías capaz de asesinar por un poco de comida; que procures llegar a tu primer viaje sin demasiadas broncas extra, asuntos domésticos o escolares o laborales que puedan malviajarte cuando tu sensibilidad se haya exacerbado, y, en el caso de que en efecto haya un malviaje, te lo lleves con paciencia: se pasará en un rato.

Música
Toda la música suena bien en mota, pero hay discos específicamente pachecos. Por ejemplo, No Protection de Massive Attack puesto al día por Mad Professor, en plan dub con unos bajos que te ponen a temblar los pulmones, o The Chronic de Dr Dre, muy influido por el P-Funk (por cierto, chronic quiere decir también mota). El Midnite Vultures de Beck, con su cachondería y sus ruiditos de atari, francamente pondría pacheco hasta sin haber fumado, mientras que The Irony of It All, una rola divertidísima, encuentra a The Streets como abogados de la pachequez:
‘Pass the hydrator please, pffffff, yeah, I’m floatin on thin air, goin to Amsterdam in the new year, top gear there. Dear leaders, please legalise weed for these reasons...”